Héctor y Andrómaca



Deleite del espectador ante lo siniestro (II)


2 .POR QUÉ NOS GUSTA LO SINIESTRO

Recordemos que lo siniestro, según Freud, no se identifica con lo novedoso y ajeno, sino con algo familiar que permanece reprimido en nuestra mente de forma inconsciente y que aflora inesperadamente provocando una reacción de espanto y desconcierto. Por tanto, siguiendo las palabras de Schelling: “Lo siniestro es aquello que debiendo permanecer secreto y oculto, no obstante se ha revelado” . Freud también señala una serie de situaciones, personas e impresiones que pueden provocar el sentimiento de lo siniestro: el animismo, la magia, la brujería, los individuos siniestros portadores de maleficios, la figura del doble, la duda de que un ser aparentemente inanimado no lo sea realmente, el miedo del hombre hacia la muerte… Pero, sobre todo, lo siniestro se revela como una fuerza sumamente perturbadora cuando lo fantástico se manifiesta en la realidad, o cuando lo real asume el papel de lo fantástico, disolviéndose los límites entre lo real y lo fantástico.

También lo siniestro representa la liberación de los instintos más básicos, primarios y violentos del hombre.

Lo fantástico constituye un elemento fundamental dentro del espectro de lo siniestro. Se identifica con este en cuanto ambos suponen una trasgresión y una amenaza para nuestro mundo real. Los dos fenómenos coinciden en provocar una inseguridad intelectual o vacilación en el receptor

mientras que el receptor de los relatos de Hoffmann sufre con más fuerza el efecto de lo siniestro al tener que mantener durante más tiempo la incertidumbre ante lo que se cuenta, en la duda de si pertenece a un mundo diabólico ajeno a la realidad o si por el contrario lo fantástico constituye la realidad.

Lo grotesco completa el espectro estético de lo siniestro, aportando elementos macabros, deformes, incongruentes y monstruosos. Lo grotesco al igual que lo siniestro, busca un efecto de extrañeza que se genera, sobre todo, con la mezcla de elementos discordantes. Por lo tanto, a través de la colisión de elementos incompatibles o inconexos distorsiona lo habitual o familiar, y la resultante de esta combinación es la fealdad, la extravagancia, la exageración y la deformación.

La estética de lo sublime ligada a lo siniestro es una estética de la desproporción y de la desmesura, que remite a un orden y a una armonía oculta a la razón. De este modo, lo sublime llega a considerarse superior a lo bello por su capacidad de golpear y estimular la imaginación. Con su efecto turbador y la invocación a un caos difícilmente armonizable, lo sublime introduce la consideración de lo deforme y siniestro. Del enfrentamiento entre lo sublime y lo bello se genera una nueva concepción de la belleza, más heterogénea y subversiva.

Por lo tanto podemos afirmar que lo siniestro nos atrae por las siguientes razones:

  1. Lo siniestro es una forma de belleza.
  2. Lo siniestro nos permite liberar nuestros instintos primarios.
  3. Lo siniestro nos reencuentra con nuestro subconsciente.
  4. Lo siniestro nos es familiar.

Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro se plantea también esta cuestión: “¿Cómo puede un sentimiento doloroso como el miedo (phobos) transformarse en un sentimiento placentero?”. En su respuesta remite al concepto de catarsis, tal y como la entendemos con el sentido que le dio Aristóteles en su definición de la tragedia, es decir, como purificación de las emociones de identificación y terror que produce la obra de arte.

El lector o espectador desde la distancia protectora que, en principio (debemos matizar que este punto cambiará notablemente en la época postmoderna, por ejemplo el cine de Haneke), asegura el hecho de encontrarse delante de una obra de arte, de un artificio que sitúa sus sentimientos en un plano diferente al de su realidad cotidiana, se entrega a la representación, a la lectura, y en el proceso de gozo y sufrimiento que comporta la fruición estética deja que sus instintos y sentimientos se desborden. Al acabar la obra, se habrá producido una liberación purificadora, catártica. El desequilibrio vivido en el artificio llega a ser, siguiendo a Aristóteles, sentimiento placentero, reconfortante. El descenso artístico a los infiernos del terror llega a ser, también, conocimiento.


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